El líder que la iglesia necesita

Por Carolina Viveros

La iglesia necesita líderes. Y no precisamente para dirigir los cultos, encomendar los “ejercicios bíblicos” o recordar los eventos del Ministerio de la Mujer. La iglesia necesita guías, modelos, ejemplos; personas que muestren el camino y que, como dijo Pablo, sean irreprensibles, de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y sabios.

Aunque en nuestras iglesias hayan hombres y mujeres que den muestras de grandes dotes para sacar adelante los programas que conforman las liturgias y eventos eclesiásticos, en la mayoría de los casos sigue haciendo falta ese toque de espiritualidad que tanto bien haría a la iglesia hoy. Seguimos sin ver a ese Moisés que, aunque no pueda echarse a un pueblo entero sobre su espalda, se eche, al menos, a la iglesia local. Tampoco tenemos a un David que nos inspire a cantar y que en vez de entretenernos con videos musicales prepare nuestro corazón con esos himnos que compusieron aquellos hombres de gran fe y que podrían hacer que nuestra experiencia fuera más rica, sólida y genuina. Y qué decir de los Pablos, hay muchos que conocen la doctrina, pero se han quedado en sus intentos de cumplirla.

Aunque pareciera que mientras la iglesia mantenga su actividad principal, que son los cultos y las actividades para la predicación del evangelio, no hay por qué preocuparse, es inquietante ver que carecemos de alguien que inspire, que motive, que con su vida dé muestras de piedad verdadera y que sea capaz de llamar al pecado por el nombre que le corresponde. Nos hace falta quien reprenda haciendo a un lado la justificación barata de “es que todos somos pecadores”, porque si bien es cierto que lo somos, eso no justifica la vida falsa, retocada y vacía que caracteriza a algunos fríos y apáticos feligreses.

Y bueno ¿cuál es el motivo de esta falta de liderazgo espiritual? Pues precisamente eso, no concebir al liderazgo como un asunto de espiritualidad. Hemos creado cursos, talleres y seminarios que enseñan cómo dirigir o encabezar programas y eventos, olvidando enfatizar que un verdadero líder ora, medita, reflexiona, estudia y practica los principios cristianos. No es posible cambiar las formas de pensar y de actuar cuando quien promueve esto tiene una vida desordenada, vana y superficial. No se puede dar lo que no se tiene. El líder que miente, que esconde, que no es sincero, tarde o temprano cae. La Biblia dice que el que practica el engaño no morará en la casa de Dios y el que habla mentira no permanecerá en su presencia (Salmos 101:7). La falta de compromiso y de ganas por servir a la iglesia tarde o temprano se manifiesta y trae vergüenza y oprobio a la causa de Dios. Por eso, necesitamos concebir al liderazgo como una responsabilidad más profunda, como una labor que requiere disciplina y entrega y que tiene el poder para transformar a la iglesia y ¿por qué no? al mundo.

Si tenemos el deseo de servir genuinamente, comencemos por meditar primero en qué es lo que tenemos para ofrecer, pidiendo a Dios sabiduría y fuerza para sacar adelante lo que él nos pida. El liderazgo es discipulado y como tal, debe estar basado en hechos, debe notarse por la cantidad de amigos y conocidos que somos capaces de llevar a la iglesia; por el reavivamiento que provoquen nuestros grupos pequeños; por nuestra disposición a participar, a orar, a enseñar.

Si vemos en nuestras iglesias a dos o tres valientes que ya dan muestra de un liderazgo comprometido y ferviente, si ya existen discípulos, oremos por ellos y démosle ánimos. Serán ellos los Nehemias que edifiquen la casa de Dios, y nosotros esa parte del pueblo que vigila desde la aurora hasta la aparición de las estrellas (Neh. 4:21).

Creyente o Discípulo? Como identificarlo.