Jesús es mi compañero de cuarto. Antes de llegar a la Universidad de Montemorelos fui misionero en algunas regiones rurales de México. Cierta vez me encontraba por una semana en un pueblito alejado en la sierra michoacana que, por su modo de vivir, parecía que se había detenido en el tiempo.

Tras una semana de ardua visitación en las casas, la pequeña iglesia adventista del pueblo organizó las campañas evangelísticas. Por todo el pueblo se escuchó el anunció desde el tocadiscos, cual minarete de una mezquita esparciendo el Adhan:

– ¡Se le invita a toda la comunidad a las campañas evangelísticas que estará dando el Pastor Jesús…! – Se oía la voz por todos los recovecos del pueblo.

La primera tarde, fuera de la iglesia, bajo un árbol, un grupo de párvulos eran instruidos por las “maestras”, algunos ya habían venido tiempo atrás. Jesús llegó y después de bromear con ellos, preguntó a cada uno su nombre en el orden del círculo que habían formado alrededor de él…

-Yo me llamo Juanita- dijo una niña risueña.

-Yo me llamo Santiago… y yo Pablo- dijeron otros y así sucesivamente.

-Y tú, ¿cómo te llamas? – Se atrevió a preguntar uno al misionero.

– ¡Yo me llamo Jesús! – Dijo con mucho entusiasmo.

– ¿Jesús? Preguntó uno un tanto extrañado. -Sí, Jesús- Reiteró el misionero.

Al día siguiente, el sol comenzaba su gradual descenso y las personas se congregaban en la sencilla iglesia de madera y láminas de acero. Entre la cuesta, comenzó a aparecer la figura del sombrero y luego el rostro del misionero. Aquel niño que había preguntado extrañado, con el sincero asombro y lleno de entusiasmo, llamó la atención de sus compañeros y gritó señalando al misionero:

– ¡Allá viene Dios! –

Era evidente que, para nuestro amiguito, mi compañero de cuarto era el mismísimo Jesús de Nazareth y no, Jesús de Salamanca, Guanajuato. Cuando recuerdo esta anécdota, intento ponerme en sus zapatos y sentir la emoción cuando escuchó: “Me llamó Jesús”, y su cerebro lo asoció con el Jesús que estaba conociendo. ¡Qué emoción debió recorrer su cuerpo al imaginarse que estaba frente al Hijo de Dios! Quizá suene blasfemo, pero en cierto modo, nuestros vecinos, amigos y familiares conocen más de Jesús al ver lo que él ha logrado en nosotros.

¿Qué tanto te pareces a él?

Por David Hernández.