EL COSTO DE LA EDUCACIÓN ADVENTISTA

Por David Hernández  

Era la media mañana, el sol apenas comenzaba a calentar el césped bajo sus pies, y la brisa marina daba la sensación de tranquilidad. Un hombre de unos treinta y tantos, barba abundante al estilo Carranza, ojos verdes, los pómulos un tanto resaltados; serruchaba madera, muy cerca de la casa editorial, como parte de su tratamiento en el recién formado Instituto de Reforma Pro Salud en Battle Creek. Eran mediados de 1868, y la obra educativa adventista no había podido establecerse, pese a los intentos realizados.

De pronto, dos jovencitos inquietos lo observaron y comenzaron a hacerle preguntas. En cuanto se enteraron que este hombre era maestro, rápidamente acertaron a expresarle su mala experiencia con la gramática, materia que por cierto, consideraban más un suplicio que manjar intelectual.

—¡Vaya!- Les dijo —Ustedes si que no tienen buenas relaciones con la gramática, pero si te la enseñan de forma adecuada, ¡verán cómo es una de las materias más interesantes!

La forma entusiasta como les habló este hombre acerca de su enemiga académica y las respuestas claras a sus inquietudes, hizo que pensaran que tal vez, si él le enseñaba la materia, su relación mejoraría, y quizá con el tiempo, serían unos excelentes gramáticos. A toda prisa corrieron hasta su casa, abrieron la puerta casi de golpe y a duo dijeron:

—¡Mamá! ¡Papá! encontramos al hombre más maravilloso del sanatorio! ¡Es un paciente de allí! ¡Es el mejor maestro que hemos conocido! Respondió nuestras preguntas, nos explicó varias cosas interesantes. ¡Es justo el maestro que nos gustaría tener en la escuela!

Los niños de este incidente eran Edson y Willie White, hijos de Elena y Jaíme White. Aquel hombre era Goodloe Harper Bell, uno de los pioneros y cofundador de la obra educativa adventista. Aunque mayormente autodidacta, su pasión por la enseñanza era tanta, que pronto formó un colegio a petición de los padres en Battle Creek. Así nació uno de los 7 792 colegios primarios, secundarios, terciarios y universidades que actualmente la Iglesia Adventista tiene a nivel mundial.[1]

La obra educativa adventista desde sus inicios parecía incipiente. Llena de retos, desafíos que parecían insalvables. Pero sus fundadores tenían la plena certeza de que sus hijos no podían ser educados en otras escuelas, incluso de otras denominaciones. A menudo se organizaban y contrataban a algún profesor adventista para que enseñara a sus hijos. Así sucedió con el profesor G. H. Bell y con la Srta. Martha Byington quien abrió la primera escuela adventista de enseñanza básica en Buck’s Bridge, New York en 1853.

Los consejos de Elena G. White guiaron el sistema educativo adventista con una filosofía más amplia, que los diferenciaba claramente de los modelos educativos de la época, generalmente centrados en el estudio de los clásicos, etc. Pero los adventistas, desde entonces hemos entendido que la educación va más allá que la formación académica. En realidad, “abarca todo el ser, y todo el período de la existencia accesible al hombre. Es el desarrollo armonioso de las facultades físicas, mentales y espirituales” (Ed. 13).

Para nosotros la educación es redentiva: Busca restaurar en el hombre la imagen de Dios, aumentar sus facultades de tal forma que preste un servicio abnegado a Dios y la humanidad mientras espera la escuela del más allá. “La obra de la redención debía restaurar en el hombre la imagen de su Hacedor, devolverlo a la perfección con que había sido creado, promover el desarrollo del cuerpo, la mente y el alma, a fin de que se llevara a cabo el propósito divino de su creación. Este es el objetivo de la educación, el gran propósito de la vida” (Ibíd., 15). Cada día en las más de 7 mil escuelas adventistas, se coloca un ladrillo en procura de la redención de nuestros hijos. ¡En ningún otra institución se persigue un fin tan elevado, tan noble y santo!

Cierto es que nuestras instituciones aún tienen grandes desafíos. Incluso, creo que debemos reconocer que pueden resultar costosas a muchos de nuestros miembros. Reclamos parecidos se hacían aún en tiempos de Elena G. White.

En aquel entonces, ella recomendó que las iglesias locales y cada asociación podían establecer un fondo que solventara la educación de jóvenes promisorios, debería considerarse como un privilegio el poder ayudar de esta forma a la educación adventista (2JT, 472). En su tiempo la Review and Herald tenía un fondo para prestamos educativos para jóvenes que no podían costear sus estudios, muchos se beneficiaron de este fondo.

Por otro lado, el colportaje estudiantil se ha convertido en una excelente oportunidad para el evangelio, entrenar a los jóvenes y claro, apoyo financiero. No debiera desestimarse este recurso inspirado por Dios. Y en casos donde una escuela no es accesible, los miembros con apoyo de profesores adventistas pueden establecer escuelas. Por supuesto, esto requiere que cada miembro asuma la obra de la educación como lo que es, ¡suya! En el pensamiento de E. White la educación es un trabajo en conjunto “entre la iglesia, la escuela y el hogar”, ¡nunca separadas! Como suele recordar el Dr. Ismael Castillo, rector de la Universidad de Montemorelos.

Recordemos que el fin de la educación es la redención de los más pequeños. Las estadísticas presentadas recientemente por David Trim, director de la oficina de Archivos, Estadísticas e Investigación de la Iglesia (ASTR, por sus siglas en inglés), muestran el 91% porciento de los miembros consideran que haber sido formados por la educación adventista, influyó para permanecer en la iglesia.[2] Por eso, promoverla, es promover la retención de los miembros. ¡Nunca se podrá medir el verdadero valor de la educación adventista!

¡Educar es redimir!

[1] George Knight, A menos que olvidemos, (FL: APIA, 2014), 26 de junio. Ver también http://www.pmministries.com/centrowhite/Temas/cwmpm40.htm. Hasta el 2015, información de https://www.adventist.org/es/informacion/estadisticas/articulo/go/-/seventh-day-adventist-world-church-statistics-2015/

[2] https://www.adventistarchives.org/nap-rrs-dt-2016-2.pdf